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Ya desde chiquito, entre los hackeos de consolas de video juegos y experimentos en el colegio, asomaba su predilección por las nuevas tecnologías. Pero quizás su vocación más definitiva sea reciente. Hace algo más de seis años, Emiliano Kargieman se dio cuenta que la industria espacial utilizaba ingeniería del siglo pasado. Confirmó que se trataba de un sector sumamente cauteloso a la hora de correr riesgos y que casi todas las organizaciones se convirtieron en proveedores del estado sin mucho incentivo para ser más eficientes, rápidas y mejores.

Hoy, Kargieman es el CEO y fundador de Satellogic, una empresa argentina especializada en la fabricación de nanosatélites que ya trascendió (y por mucho) el mote de “sueño a futuro”.  De hecho la compañía esperar cerrar 2016 con US$ 20 millones de facturación y con cinco satélites en órbita.

El camino recorrido

La vida de este argentino de poco más de 40 años estuvo marcada siempre por la programación de código. Ya a los 8 años intervino su Commodere 64 para poder tener vidas ilimitadas en su videojuego favorito. Más tarde, junto a sus compañeros de secundaria, desarrollaba programas de contabilidad para pequeñas empresas y a los 17 años comenzó a trabajar para la AFIP en seguridad informática.

A sus jóvenes 19 abriles, mientras estudiaba matemáticas en la UBA, creó su primera empresa: Core Security, con la que desarrolló el primer software en todo el mundo que podía hacer una “prueba de penetración”. Se trataba de un programa que simulaba lo que podría hacer un hacker para luego reportar el camino de entrada y tapar los agujeros.

Con una facturación de 34 millones de dólares anuales, en 2006 decidió abandonarla para crear una compañía de inversiones de riesgo, Aconcagua Ventures. Allí, se dio cuenta que no se sentía cómodo solamente asesorando. Lo que él buscaba era “hacer cosas”.

Así fue que le vino la loca idea de crear satélites: “Democratizar la tecnología espacial y ponerla al alcance de pequeñas empresas, laboratorios, estudiantes y amateurs”, cuenta Kargieman, fue su sueño al fundar Satellogic en 2010.

Democratizar el espacio

En abril de 2013, Satellogic puso en órbita a “Capitán Beto”, un satélite de dos kilos y medio y que mide apenas 20 cm x 10 cm x 10 cm. Meses después lanzaron a “Manolito”, en junio de 2014 a “Tita” y en mayo de este año enviaron al espacio a “Fresco” y “Batata”. Además, para el próximo año tienen previsto formar la constelación Aleph, con el lanzamiento del sexto nanosatélite llamado “Membrillo”.

Estos nanosatélites cuentan con tres cámaras distintas: una multiespectral, otra hiperespectral y otra térmica. Cada una de ellas permite recabar información de todo tipo que puede ayudar a las más diversas industrias. Por ejemplo, se pueden obtener diferentes parámetros biofísicos de los cultivos, datos sobre la composición química de los vertidos de una fábrica, detectar variaciones de centésimas de grado o, incluso, determinar la eficiencia energética de un edificio, entre otras tantas tareas.

Satellogic está integrado por un equipo de 70 personas. La oficina central está en el barrio de Belgrano, la planta de montaje de los satélites en Uruguay y el software lo desarrollan en Israel. También tienen oficinas de desarrollo de negocio en California y comerciales en Colombia y Canadá. Para lograr este crecimiento, asegura Kargieman: “buscamos personas con autonomía de funcionamiento, es una de las características principales para nosotros. Sabemos que estamos haciendo algo infinitamente mejor de lo que existe, no nos queda más remedio que inventar una manera nueva de hacerlo”.

En cuanto a la forma de trabajar, el fundador de esta empresa argentina afirma que donde “más pueden volar” es en investigación y desarrollo para los satélites. A su vez, cuenta: “muchas cosas se filtran antes de que lleguen a prototipo, vamos probando y descartando. Matamos un montón de ideas por computadora y las más promisorias las prototipamos”.

Para los emprendedores

Kargieman no solo es disruptivo en su forma de pensar la industria espacial. También lo es en la forma de pensar los negocios. En épocas en la que todos hablan de los “unicornios” (empresas tecnológicas valuadas en más de mil millones de dólares sin estar en la bolsa), define ese concepto como “una ridiculez”. “No me parece una métrica relevante para las valuaciones de las compañías. Avanzar con eso en mente, sólo con la idea de hacer miles de millones, te puede llevar a avanzar mal. No nos interesa inflar la empresa antes de tiempo. Nos interesa medir cuánto valor podemos aportar; desarrollar productos que nos hagan liderar tecnológicamente la industria en la que estamos”, explica.

A quienes tienen su propio emprendimiento, Kargieman aconseja no enamorarse de una idea: “Aparecen muchas trabas cuando la gente ama demás sus propias ideas. Las organizaciones más tradicionales favorecen eso, el hecho de reconocer al dueño de la idea termina generando una especie de relación con ellas que es contraria a la innovación”. Para ello, considera, es necesario “tener una relación más fluida con las cosas, midiendo en función de las resultados correctos, impulsando una cultura que te permita descartar cosas, poniendo objetivos súper claros, que te empujen a pensar de manera innovadora. Y crear cosas más ‘soft’ alrededor de eso: autonomía, libertad y espacio de error”.

Foto: Ted Río de la Plata

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