#YoDigo Luis Federico Leloir, el Nobel que era un vecino más

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Tal vez (y lamentablemente) no sea una de las personalidades más recordadas de nuestro país. Pero sí es un ejemplo de dedicación y esfuerzo. La humildad -característica que todos sus allegados resaltaban de él- fue su principal atributo. Hablamos de Luis Federico Leloir, el científico argentino ganador del premio Nobel de Química en 1970.

leloir4Nacido en Francia en 1906 pero criado en Argentina, país al cual siempre le fue fiel, el joven Leloir no se destacó por ser un gran estudiante en su paso por el colegio. De hecho, tampoco lo fue en su etapa universitaria. Comenzó la carrera de Arquitectura, la cual abandonó casi inmediatamente y luego se abocó de lleno a la Medicina, en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo su título en 1932. De todos modos jamás se inclinó al tratamiento de pacientes, sino que prefirió sumergirse dentro de la investigación química. Una sabia decisión que más adelante le valdría el galardón más importante del planeta.

“No sé cómo ocurrió que seguí una carrera científica. En la mayoría de los deportes era mediocre, por lo tanto esa actividad no me atraía demasiado. Mi falta de habilidad para la oratoria me cerró las puertas a la política y al derecho. Sí tenía gran curiosidad por entender los fenómenos naturales, capacidad de trabajo normal o ligeramente subnormal, una inteligencia corriente y una excelente capacidad para trabajar en equipo”, explicó en alguna entrevista luego de ser reconocido mundialmente.

Leloir era un vecino más del barrio de Belgrano. Casado, con cuatro hijos, una casa típica de clase media y un Fiat 600 de color celeste al que -según cuentan- había que empujar para que arrancara. Valoraba la amistad, el trabajo en equipo, disfrutaba del trabajo con personas intelectualmente superiores y, mucho más, si tenían buen sentido del humor. Pasaba días enteros encerrado en su escueto laboratorio, convencido de la necesidad de ahondar en el conocimiento de los diversos procesos biológicos, y ahí fue
donde desplegó todo su talento.

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Sus descubrimientos sobre los componentes de los ácidos nucleicos o nucleótidos, elementos fundamentales en los procesos metabólicos de los hidratos de carbono y los azúcares, le valieron el premio Nobel de Química en 1970.
Su contribución sirvió, entre otras cosas, para entender en profundidad una enfermedad llamada galactosemia, en la cual se produce una incapacidad para transformar un hidrato de carbono proveniente de la leche, denominado galactosa, en glucosa, fuente de energía que las células del organismo necesitan para vivir. 

“Todos me felicitan, y lo agradezco. Pero lo que descubrí es inexplicable para la gente común: nadie lo entendería. Y tampoco conquisté un planeta: apenas avancé un paso en una larga cadena de fenómenos químicos”, dijo. Toda su humildad resumida en una pequeña frase.

En sobrecito

Si bien sus avances siempre fueron en el campo de la investigación, también hizo un descubrimiento mucho más común y corriente: la Salsa Golf. Cuenta la leyenda que un día, almorzando con sus amigos en un restaurante de Mar Del Plata, Leloir pidió al mozo todos los aderezos que tuviera a mano y, uniendo mayonesa con ketchup, dio origen al famoso condimento. “Si la hubiese patentado hubiera ganado mucho más dinero que como científico” bromeó.

Lejos de conformarse con sus múltiples logros y galardones, el Dr. Leloir siempre siguió investigando y contribuyendo con la química. Incluso recibió ofrecimientos más que tentadores para trabajar en distintos países, pero eligió quedarse en Argentina para continuar su trabajo y fomentar el desarrollo del país. En una entrevista le preguntaron: ¿Cuál es el descubrimiento suyo que más le interesa? “Siempre el próximo. El que tenemos que hacer, el que no hemos conseguido”.

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